Hace poco desayunábamos con la
noticias de que a Samsung ya no le va tan bien. Los ingresos y
beneficios del gigante coreano caen trimestre tras trimestre. El frenazo
de la todopoderosa compañía es preocupante, no por las cifras en sí, sino
porque es el síntoma de algo más grande. La era de oro de los smartphones
toca a su fin.
Hay
dos grandes hitos necesarios para entender esta era que se acaba. El primero
fue el lanzamiento del primer iPhone. No era el primero de su clase, ni era el
mejor, pero todos querían ser como él. El segundo hito es Android, el sistema
operativo que hizo posible que otros fabricantes construyeran una experiencia
igual o mejor que la de los iPhone.
Lo
que vino después ha sido una de las eras más fascinantes que puedo recordar en
lo tecnológico. Impulsados por una competencia a cara de perro y, en ocasiones,
por una rivalidad rayana en lo enfermizo, las compañías se lanzaron a fabricar
el mejor smartphone del mundo. En poco más de cinco años hemos pasado de
terminales 2,5G con procesador a 528 MHz, 192MB de RAM y una cámara de 3
megapíxeles, a llevar en el bolsillo monstruos LTE con procesadores de 4
núcleos a 2,6 Ghz, 3GB de RAM y cámaras de 13 megapíxeles que graban vídeo en
4K. Tenemos el privilegio de haber vivido una revolución tecnológica brutal.
Pero,
como pasa con todas las revoluciones, el agua acaba por estancarse. El
smartphone ya no es un producto aspiracional, sino una commodity. En estos cinco años no ha
habido ninguna auténtica disrupción que reiniciara el mercado de móviles más
allá de las pantallas tactiles. Nos hemos limitado a hacer lo mismo,
pero más rápido, más grande y mejor. El smartphone perfecto ya está aquí, y tan
solo una nueva ruptura radical podría reactivar un motor que pierde potencia
cada día. Esta nueva ruptura no se ha producido.
¿Y AHORA QUE?
El
mercado ha alcanzado su madurez y el renuevo comienza a perder fuelle. Cambiar
de móvil es caro, y muy poca gente está dispuesta a desembolsar 600 dólares o
euros solo por elevar las cifras de gigahertzios, RAM y megapíxeles. Esa es la
causa de que Samsung o el resto de compañías estén viendo decrecer sus ventas.
Con
los mercados más importantes completamente saturados de terminales de gama alta
y prestaciones equivalentes, lo único que diferencia ya solo es el precio.
¿Cómo van a afrontar este reto los fabricantes? Ya lo han hecho. En el último
Mobile World Congress las señales ya estaban ahí para el que quisiera verlas.
La mayor parte de marcas se centraban en los gama media-alta y en extraños
experimentos como los Nokia X. Los súper smartphones no abundaron en la cita de
Barcelona. ¿Por qué? la respuesta se llama mercados emergentes. Si todos en el
mercado actual tienen ya el mejor móvil que pueden comprar, la única salida es
vender mejores terminales en los países donde ese mercado aún no ha tocado
techo.

